Recuerdos de mi adolescencia
Me desperté a las 6 de la mañana en punto. Si hubiese programado
hacerlo, aún estaría haciendo fiaca y le hubiese pedido al reloj, que me
despertara en 9 minutos.
No paraba de llover desde anoche. Llovía recto, contundente y estaba fresco.
No paraba de llover desde anoche. Llovía recto, contundente y estaba fresco.
Nostálgica me dejó el último sueño; decidí levantarme y
emprender la tarea que él me había encomendado.
Hacía 7 años que no sabía nada de mis compañeras de
secundaria. ¿Qué habrá sido de la vida de Laura, Lucía y Cecilia? ¿Habrán
seguido el camino que perfilaban años anteriores a dejar de vernos?
Creo que Lucía quería ser psicopedagoga o licenciada en
psicomotricidad, no estaba segura, pero creo que algo de “psico” debía contener
su profesión. Había estudiado muchos años inglés y le gustaba bailar.
Laura, fanática empedernida de Luciano Pereyra, era muy
aplicada en el colegio. Si no eran un 10 todas sus notas, nos preocupábamos,
creíamos que el profesor se equivocaba. A veces creíamos que cometía errores a
propósito para no quedar como la “traga”, a pesar de eso, fue su mote toda la
secundaria. Era muy sociable y simpática, en los recreos no paraba de saludar a
quien se le acercaba. Su sueño era ser chef. Cocinaba riquísimo, inventaba
recetas, modificaba las originales, combinaba diferentes ingredientes y siempre
traía algo para que probáramos. Amorosa, en verdad.
Por último y no por eso, menos importante, Ceci, la
rubia, la “pety”, la última en entender los chistes, la que nunca iba a ritmo
con las palmas, pero amábamos su ingenuidad y su ocurrencia. Era como nuestra
hermanita menor. Hacía handball desde chica y quería ser profesora de Educación
Física.
Eternos fueron los segundos que quedé prendida a la
pantalla, había decidido contactarme con ellas de nuevo. Aunque sólo podía
hacerlo con Ceci y lograr que ella compartiera el mensaje con las demás.
No puedo negar mi desarraigo; si algo puedo decir para
describirme, es mi capacidad de desaparecer, ferozmente. Y así lo hacía cada
verano, hasta que un día, dejaron de esperarme y borraron el camino que me
alcanzaba hasta ellas.
Tengo muchos recuerdos de quién era yo en ese momento y
no cambié, por lo menos, no en ese aspecto; sigo pudiendo desaparecer con
facilidad. Y eso tuvo consecuencias considerables y no es que me arrepienta,
está en mi naturaleza. Sin embargo a veces pienso que si aquella es una actitud
recurrente en mí, ¿cómo no puedo ser comprendida? ¿cómo no puedo ser esperada?
Si aún así, siempre volvía. Siempre nos terminábamos sentando juntas. Haciendo
enroque años tras año; cuando no me sentaba con Lau, Luli, era mi compañera, y
así con Ceci…
Escribía y borraba, lo volvía a redactar. Cambiaba
palabras, corregía tildes y agregaba comas. Terminé de releerlo 3 veces
sabiendo que luego de ese “enter”, no habría vuelta atrás. Ya eran las 6.17,
por lo que tuve que aclarar brevemente, sin necesidad, el contexto de la
sorprendente hora.
Ya imaginaba las respuestas, tal vez tendría que “hablar
con las chicas”, o “esperar que volvieran de sus vacaciones”. Por fin, y ya con
cosquillas en la panza, envié el mensaje.
Luego de unos minutos, seguía nerviosa, debía volver a
dormir sabiendo que este rufián había logrado que yo terminara mi labor, mi
destino fatal…
Cinco minutos después, supe que Ceci ya había leído el
mensaje.
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